sábado, 21 de marzo de 2009

El vaquero. Dios bendiga a Levi Straus

Ya adelantaba ayer mi fervor por los pantalones vaqueros. Esa prenda insustituible. Fondo de armario de cualquier soltero. Vale para un roto y para un descosido. Cuanto más viejos están, más chulos quedan, y cuando se caen a cachos sirven como uniforme para tareas domésticas como pintar, o lavar el coche. Incluso cuando parece que han dicho su última palabra, pueden cortarse y hacerse unos estupendos pantalones cortos para las excursiones y barbacoas veraniegas, prolongando su vida útil por décadas.

Pueden vestirse con camiseta de Ramones o bien con camisa y una americana para ir casual wear. Combinan igual de bien con unas deportivas que con unos zapatos. Abrigan lo justo y no dan mucho calor. Son, como nuestras abuelas dirían "pa entretiempo". Pero uno se los puede poner todo el año.

Pero no acaban ahí las ventajas de los jeans, no... Su mágica confección los hace prácticamente resistentes a cualquier mancha, con la posible salvedad del Titanlux. Pueden vestirse durante periodos de tiempo ilimitados, y cuando su tonillo se vuelve verdoso (no del moho, malpensadas, sino del azul mezclado por el ocre de la mierdecilla) es un perfecto indicador de cuándo tienen que ir derechos a la lavadora.

Además, su recia tela permite remeter p'adentro el bajo sobrante y que no se descuelgue, haciendo casi innecesario llevarlos a la Retoucherie de Manuela (a no ser que uno sea muy quisquilloso con estas cosas). Incluso de cuando en cuando se pone de moda llevar ese mismo doblez por fuera. No existe prenda más versátil, sin duda ninguna.

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